Allí nos daremos la mano y los dilemas amorosos



Son tres referencias que asocio cuando queremos tomarnos de la mano, para que nos digan que sí, en plena seducción y deseo. La versión original la tenemos en Don Giovanni, la ópera de Mozart (1787), cuando seduce a Zerlinetta, la campesina que le ha dado su palabra de matrimonio a Masetto pero que va perdiendo fuerzas frente a los embates de don Giovanni, deslumbrada por sentirse objeto del deseo de quien dice es todo un caballero. Le propone ir a su pabellón (casinetto) para que se den la mano y le diga que sí y por eso le canta: lá ci darem la mano, lá me dirai di sí y ella, temblorosa, duda por un momento y canta: vorrei… e non vorrei, “quisiera… y no quisiera”, al tiempo que “le tiembla un poco el corazón”. En la literatura encontramos esta misma situación en Rojo y Negro de Stendhal, cuando el joven Julián Sorel, maestro para los hijos de Monseuir de Renal, alcalde de Verriéres, decide agarrarle la mano al término de las campanadas durante la cena al aire libre, sentado al lado de Matilde, la esposa del alcalde. No se atrevió a hacerlo la primera vez, pero promete hacerlo al día siguiente o se suicida. Cuando leemos esta escena, temblamos al oír cada una de las campanadas hasta que, le toma la mano, sellando su destino que conocemos al final de la novela. Y, de manera extraña, Joyce lo plantea en Ulises cuando nos propone que imaginemos, tal como lo hace Leopoldo Bloom, lo que puede suceder por la tarde entre su esposa, Molly la cantante, y el señor Boylan, el empresario que la visita para llevarle el programa del próximo concierto que ella ya conoce: haría el papel de Zerlina con J.C. Doyle como don Giovanni, para que “allí nos la daremos”, como propone Joyce (lá ci darem), recortando la oración para que lo asociemos con lo que puede pasar para “aliviar las penas de un amor inocente”. Joyce sugiere que nos imaginemos lo que podría suceder esa tarde cuando Molly —la Zerlinetta en esta utra obra—, le diga que sí, sobre todo, si le dicen cosas que su marido no le había dicho antes como… “otra suerte le reservan a esos ojitos bribonzuelos, esos labiecitos tan bellos y esos deditos tan blancos y tan fragantes, suaves y tersos que huelen a rosas”, pero ella le contesta cantando con una voz un poco trémula: “vorrei… e non vorrei”, hasta que resuelve el dilema amoroso y le dice que sí. Nos sentimos mal como Bloom la pasó todo el día sin poder quitarse de encima ese malestar, dolido porque nunca volvió a ser lo mismo desde que murió al nacer su hijo Rudy. No enloquece de celos como Masetto, cuando sabe lo que intenta don Giovanni, aunque no puede impedirlo. En cambio, Bloom evade la realidad y se preocupa porque no sabe si Molly, cuando cante, podrá pronunciar bien voglio (“quiero”), equivocándose, creyendo que es “voglio” lo que va a cantar en lugar de vorrei (“quisiera”). Esteban Dedalus acompaña a Bloom a su casa en la madrugada y, entre otras cosas, Bloom cree que éste sería un mejor amante de su mujer porque le enseñaría a pronunciar bien voglio cuando lo tenga que cantar. Duele ver a este hombre solo o acompañado, a quien nadie le hace caso y saben que su mujer lo engaña. El dilema amoroso de Zerlinetta con don Giovanni, el de Sorel con la alcaldesa o el imaginario de Molly con el empresario Boylan, nos permite acercarnos a tres maneras de enfrentar una de esas situaciones cuando el impulso y la adrenalina que produce, lo hace emocionante, amparado por el deseo no sólo de lograr una relación, sino de sentir esa descarga emotiva cuando nos arriesgarnos como si jugáramos a la ruleta rusa.


Disfruten del verano, Martín Casillas de Alba Sábado 16 de julio, 2022.

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