Cuando el mundo se paró en seco por Martín Casillas.



Volver a dónde es el título de la obra más reciente de Antonio Muñoz Molina publicada por Seix Barral el año pasado, una obra en donde podemos ver con claridad lo que el autor observó en Madrid —por fuera y por dentro— durante el confinamiento forzoso de marzo a junio del 2020, cuando el mundo se paró en seco y él aprovechó para escribir este diario. Al final del encierro dice esto que también me pasa, pues “ahora es cuando no tengo ganas de salir a la calle. El estado de alarma que acaba de ser abolido continúa vigente en mi espíritu. El mundo de después, sobre el que tanto se especulaba, ha resultado ser muy parecido al de antes, salvo por el incordio añadido de las mascarillas.” Es un diario con las impresiones del momento y otros textos que se le iban ocurriendo de tal manera que “lo que al principio me había parecido un fastidio, poco a poco se convirtió en uno de esos hábitos que nos fueron ordenando la vida… En la vida diurna desaparecía mi clarividencia, más aún cuando me quedaba solo y podía perderme con más facilidad en mis lecturas y en mis imaginaciones y quimeras, en mi destreza para aislarme de la realidad.” Las crisis siempre traen consigo cambios que tenemos que adaptarnos si queremos sobrevivir. Ese lapso nos permitió darnos cuenta “de todas esas cosas que parecían necesarias y urgentes, de pronto, carecen de importancia; para darnos cuenta al mismo tiempo de cuáles son las que importan de verdad, y del poco caso que les hemos hecho.” Nos fuimos enterando de los muertos y no podíamos creer lo que estaba pasando: en México son más de 326 mil almas que se han disuelto en el aire y, en España, más de 100 mil, en una especie de masacre por ese bicho invisible, intangible y mutable. Cuando creemos que ha amainado “y parece que todo ha pasado, o casi, es cuando tengo miedo, pues solo me siento seguro de verdad si me quedo en casa”, al tiempo que nos damos cuenta de la dificultad que tenemos para ver la realidad tal como es, sin poder darnos cuenta de la magnitud de lo que está pasando. Sin embargo, todo “ese mundo que no paraba nunca, se quedó quieto y en silencio” y, por eso, pensamos que nada iba a volver a ser como antes, “pensando que la vida anterior no va a volver, y que este confinamiento no es un paréntesis, sino el umbral hacia algo desconocido.” Cuando apunta que “el encierro y la repetición de las tareas cotidianas y de las noticias desalentadoras, borraban la diferencia entre los días”, me doy cuenta que nos ha pasado igual. “Mi balcón es mi reino” —dice—, la terraza es el mío. Ahí respiro hondo y observo el universo de la azalea enorme, la fuente con su chorrito de agua para que los pájaros beban o se bañen y un cielo nublado en estos días, cubierto por la fronda de la Jacaranda. Ahí me dejo llevar por la imaginación, los sueños y los recuerdos pues, “inconfesablemente, hay cosas de las que siento nostalgia.” “En el aislamiento y el silencio, en el tiempo sin obligaciones exteriores, las conversaciones (con mi mujer) duraban más y llegaban más hondo”. Hacía años que no jugábamos a Rommi’o; ahora lo hacemos cada otra tarde, calculando combinatorias para olvidarnos de ese otro mundo que parece va en caída libre. “Leer es mi dedicación más asidua, la que más me apetece, más que escuchar música”, tal como lo que registra en su diario, acompañado de unos recuerdos familiares y una infancia envuelta en una “refinada pobreza”, que son su sostén, de tal manera que el libro funciona como espejo, donde vemos reflejadas las emociones, ideas y sensaciones que compartimos, así como, la “necesidad de huir del ruido del mundo, y del otro ruido no menos confuso y dañino que hay tantas veces dentro de uno mismo”.


Lo mejor para este fin de semana, Martín Casillas de Alba Sábado 23 de julio, 2022.

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