Zelensky, el don del liderazgo espontáneo



El liderazgo espontáneo es un don. No se me quita esta idea de la cabeza cada vez que veo a Volodimir Zelenski entrando, de mediana estatura él, en la sala de prensa, cogiendo una silla que no es precisamente de diseño, dejando el atril a un lado y sentándose frente a frente a los periodistas, dándoles un apretón de manos, con su camiseta verde guerra usada y reusada y su aspecto cansado, pero a la vez dispuesto a no dejarse vencer por el cansancio… ni por el enemigo.


¿Quién era antes de que le obligaran a mostrarse tal cuál es? Un actor venido a presidente de una nación, alguien de quien se esperaba un mínimo nivel, poco más que la representación de un papel que hoy en día cualquiera puede aspirar a declamar incluso teniendo nulas dotes de interpretación. A la política hoy se accede con cuatro arengas y poco más, y bien pensado un actor puede ser el menos intruso en una fauna que cada vez inspira menos confianza.


El mandatario ucraniano ha hecho suyos los valores de base que unen a las personas de bien y día a día deja desnudos de ellos a muchos de los que los predican pero que no saben, no quieren o temen ejercerlos.


Pero héteme aquí que la vida le ha reservado el papel de su vida al presidente Zelenski, el auténtico, el que le ha hecho mostrarse tal y cual es. Pongámonos en su rol. Pensemos que de la noche a la mañana nuestra cotidianeidad entra en barrena. Sintamos la incredulidad de vivir el miedo de perder la vida. Y que todos los ojos a nuestro alrededor se vuelvan hacia nosotros buscando ayuda, seguridad, amparo, certeza. ¿Hasta dónde llevaríamos la medida de nuestra valentía?


La épica de este hombre es precisamente su humanidad. Sus discursos –glorioso es el que dirigió a la población rusa el primer día o el que trasladó más recientemente en el Parlamento Europeo– son oratoria política de la buena. Nos hace llorar con ellos y lo que es más, él también llora ante millones de personas, porque en la determinación con que se expresa las palabras no son conceptos, sino hechos y sentimientos que vive y hacer vivir intensamente. Por eso ha hecho del patriotismo ucraniano un orgullo internacionalmente compartido, y no sólo porque sea el del débil invadido. Lo ha logrado porque le ha dado un sentido superior, ese propósito tan pomposamente reclamado desde el mundo corporativo y que en tiempos de guerra consigue movilizar a un David contra un Goliat. La libertad es el suyo.


El mandatario ucraniano ha hecho suyos los valores de base que unen a las personas de bien y día a día deja desnudos de ellos a muchos de los que los predican pero que no saben, no quieren o temen ejercerlos. Es valiente con las palabras y es valiente con los hechos. No abandona, no desespera, pide ayuda a gritos y deja al aire las vergüenzas de un mundo que, a pesar de todo, duerme con la conciencia tranquila porque las bombas no le quitan el sueño. No veo un ápice de postureo en el liderazgo de quien sabe que la esperanza de millones de compatriotas depende de su ejemplo para no desfallecer.


Publicado Observatorio de RRHH.

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