Todo es cierto, ¿será? por Martín Casillas



All is True o Todo es cierto se titula la película de Kenneth Branagh, basada en el guion de Ben Elton que está disponible en Netflix. Por eso la he visto un par de veces para poder observar en detalle varias cosas de esta versión cinematográfica que toma el subtítulo de Enrique VIII, tal como lo hacía Shakespeare con algunos títulos de sus comedias, para ver si nos íbamos con la finta. Tal es el caso de Dos caballeros de Verona en donde los dos eran todo menos caballeros o Much Ado About Nothing traducida como Mucho ruido y pocas nueces, sin considerar que “nothing” se pronunciaba como “noting”, “darse cuenta”, “notar” o mejor todavía, “escuchar algo sin querer”, tal como sucede en varias escenas de esta obra, justo cuando la trama gira ciento ochenta grados. En Todo es cierto, Ben Elton nos quiere convencer de que lo que imaginó, es decir, lo que especuló, excepto algunos detalles de su testamento, que es el único documento que existe sobre los tres años que pasó Shakespeare desde que se retiró a su casa en Stratford-upon-Avon en 1613. En esta versión, parece que está dolido por la pérdida de su hijo Hamnet, muerto hace diecisiete años, cuando no pudo asistir al funeral. Elton trata de convencernos de que todo esto es cierto. Bueno, no importa, podemos jugar a que Judith, la hermana gemela de Hamnet, le dictaba los poemas que su hermanito escribía como si fueran suyos para que su padre estuviera feliz de que su hijo había heredado su talento, hasta que ella lo amenazó con decir la verdad. Tiene escenas conmovedoras, aunque un poco exageradas, como esa humildad con la que llega a su casa que nos desconcierta, pues era un poeta y un hombre maduro que había puesto en escena 36 obras, escrito 154 sonetos y presentado 167 obras en las cortes de Isabel I y Jacobo I y no un mandilón abrumado por la culpa. Cuando lo visita el conde de Southampton —el “young boy” de los sonetos—, gozamos cuando los dos declaman el mismo Soneto 29: Shakespeare lo hace primero, desde la óptica del poeta y, luego, el conde lo repite desde el punto de vista del poderoso noble de tal manera que resulta un juego de espejos genial. Si ustedes lo leen, imaginen quién de los dos lo estaría diciendo: A veces, en desgracia ante la fortuna y a los ojos de los hombres, lloro solitario mi abandono y turbo con mi llanto al sordo cielo sólo para contemplarme así y maldecir mi destino. Deseando ser como el más rico en esperanzas, pareciéndome a él, con amistades como las suyas, envidiando el talento de éste, el poder de aquél, resulta que con lo que más disfruto, menos me contento y, ante estos pensamientos, cuando tanto me desprecio, felizmente pienso en ti, entonces, mi ánimo, como la alondra al romper el día, cuando alza su vuelo por la sombría tierra, canta himnos en las puertas del cielo. El recuerdo de tu amor trae tal riqueza, que me niego a cambiar mi estado por el de los reyes. Al final le preguntan qué quisiera hacer en su cumpleaños (23 de abril de 1616) y él les responde esto, sonriendo como Oberon en el Sueño de una noche de verano, pues sabemos que ese día iba a morir: Conozco una colina donde florece el tomillo, donde crece la primavera y la colgante violeta, donde se entoldan las suculentas madreselvas, y las rosas almizcladas se unen a las eglantinas rosas. Ahí duerme Titania un poco por la noche, arrullada entre las flores, bailes y otros deleites; ahí es donde la serpiente deja su piel esmaltada, tan ancha como la maleza que envuelve a las hadas. Sí, ahí debe estar Shakespeare en esa colina rodeado de flores perfumadas al lado de Titania, este hombre que fue “el dios Apolo de la poesía”, como lo llamó el conde de Southampton en esta versión.


Les deseo lo mejor, Martín Casillas de Alba Sábado 6 de agosto, 2022.

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