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Una de las maravillas del mundo por Martín Casillas



Hace años que fui a Oaxaca y no recuerdo haber visto el árbol del Tule que tanto le impresionó a Ítalo Calvino cuando vino a México con su mujer y visitaron esa ciudad, tal como lo relata en estas tres crónicas: La forma del árbol, El tiempo y las ramas y La selva y los dioses que se publicaron en Vuelta en septiembre de 1987 para que Petra Ediciones las volviera a publicar en el 2006 con fotografías de Jill Hartley con el título Italo Calvino en México, recién descubierto y que se antoja compartir con ustedes.


Ítalo Calvino describe el árbol del Tule con sus cuarenta metros de altura y cuarenta y dos de perímetro —¿se dan cuenta de su tamaño? — catalogada como Taxodium distichum, con más de 2000 años de antigüedad “perteneciente a la familia de los cipreses, pero no se parece en nada a un ciprés; es un poco como una secuoya, si es que esto sirve para dar una idea. El árbol domina la pequeña iglesia colonial, Santa María del Tule, blanca, con frisos geométricos rojos y azules, semejantes a un dibujo infantil. Los cimientos de la iglesia corren el riesgo de ser resquebrajados por las raíces del árbol… De pronto —dice Calvino— tenemos a un testigo aún vivo desde antes de la Conquista y antes que se sucedieran en los altiplanos los olmecas y zapotecas, los mixtecas y aztecas”.


Después de una semana, el narrador y su esposa habían llegado a Oaxaca y, tal como nos pasa cuando viajamos por las ciudades en donde la comida es extraordinaria, resulta que comer se convierte en la principal atracción que le gana al deseo de conocer las calles, la arquitectura, la historia y las ruinas, que van pasando a un segundo término, una vez que nos gana el deseo de saborear lo que podríamos comer ese día, tal como le pasó a Calvino con la cocina oaxaqueña.


Su esposa es una antropóloga que, seguramente, quería confirmar su tesis sobre las sociedades antiguas que practicaban la antropofagia y, por eso, los moles de Oaxaca servían para ocultar lo que cubrían. Un día, trataron de sobreponerse a lo que estaban comiendo: se habían enterado que los sacerdotes prehispánicos en funciones eran como dioses que comían la carne de sus víctimas consideradas como un alimento divino.


Ítalo Calvino se impresionó al descubrir el árbol de Tule cuando exclamó su maravilla, una vez que se dio cuenta que lo que estaba viendo era el concepto de árbol: “un ser vivo que apenas si da signos de fatiga en la circulación de su linfa a las hojas. (Para suplir la aridez de la tierra, lo alimentan con inyecciones de agua en sus raíces.) Sin duda, es el ser vivo más viejo que me haya tocado conocer.”


En Oaxaca la luz es más clara, como también es clara la textura de la cantera verdosa que tanto disfrutamos al caminar por sus calles. Tal vez por eso, hay tantos fotógrafos, pintores y artistas que se instalan en Oaxaca para aprovechar de esa luz excepcional.


Cerca de Oaxaca está Monte Albán en una colina que domina el valle de Oaxaca. Todo parece que fue una de las primeras ciudades en Mesoamérica. Calvino calculó que cuando ésta había florecido, el árbol del Tule ya había cumplido sus primeros 780 años de vida.


“También en Oaxaca se encuentra otro árbol extraordinario, pero éste, es de estuco pintado tal como lo podemos ver en la iglesia dominicana del siglo XVII, cuyas ramificaciones a veces se expanden o se contraen, como en una determinada zona geográfica donde las familias vuelven a mezclarse con cada boda, ya que siempre son las mismas” —como se dio cuenta Calvino en ese viaje cuando disfrutaron del esplendor del Tule en Oaxaca, los diferentes moles oaxaqueños y las ruinas de Monte Albán en donde los hombres eran como los dioses, dominando el valle y desde allí, el resto del mundo mundial.

Febrero loco y marzo otro poco,

Martín Casillas de Alba

Sábado 24 de febrero, 2023.

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