• Ana Campos

A la orilla del precipicio del absurdo


Calígula es la obra de teatro que forma parte de la trilogía de Camus en donde desarrolla su teoría del absurdo. Está acompañada de la novela El extranjero y del ensayo El mito de Sísifo. Aunque la primera versión de Calígula estuvo lista en 1945 que la corregía cada vez que la ponía en escena hasta que, trece años después, en 1958 —un año después de recibir el Premio Nobel y dos antes de morir en un accidente automovilístico—, dejó de corregirla para que la publicara Gallimard y fuese la versión que conocemos en español por Alianza Editorial en la traducción de Javier Albiñana. La obra inicia con los Patricios romanos nerviosos porque el emperador ha desaparecido un día después de muerta Drusila: — ¿A qué viene tanto lamento? —afirmaba el Viejo Patricio—, nadie ha dicho que no pueda seguir. Sí, amaba a Drusila, estoy de acuerdo. Sin embargo, no hay que olvidar que eran hermanos. Acostarse con ella ya era mucho, pero, conmocionar a Roma porque ha muerto, me parece excesivo. ¿Qué estaría gestando el joven emperador durante su ausencia que podría aplicarlo a su regreso? Los nobles romanos estaban temerosos después de haberlo visto cómo había tocado con los dedos a Drusila antes de darse la media vuelta y perderse, elucubrando vaya usted a saber qué cosas. Calígula (Cayo César Augusto Germánico) nació el año 12 de nuestra Era y fue el tercer emperador del Imperio Romano. Tenía 25 años de edad. Cuatro años después fue asesinado por los nobles romanos en una conspiración parecida a la del idus de marzo del 44 a.C., en contra de Julio César. Era hijo de Germánico, uno de los más grandes generales de la historia de Roma. Dicen que de niño acompañó a su padre en algunas expediciones calzando las sandalias que se llamaban cáligas, como las que usaban los legionarios quienes de cariño le decían “calígula” que, literal, quiere decir “botitas”. El emperador se estaba viendo en el espejo poco antes de hacerlo añicos cuando vio que entraban los conspiradores para matarlo. Se dio la media vuelta y les plantó cara con una risa demente: el Viejo Patricio lo hirió por la espalda, Quereas en el rostro y todos escuchamos la risa de Calígula que se convierte en hipo mientras los demás lo hieren. Entre estertores, grita “¡todavía estoy vivo!”, antes de caer al suelo. Calígula quiso lograr lo imposible. Quería la luna, como si la pudiera alcanzar. Aseguraba que la muerte de Drusila no suponía nada para él y que simplemente había descubierto una verdad “sumamente clara y sencilla, aunque un poco tonta, pues cuesta descubrirla y sobrellevarla: los hombres mueren y no son felices”. Cuando regresa embarrado de lodo después de haber desaparecido algunos días, uno de los Patricio le llama la atención diciéndole que tiene que atender la situación del tesoro. Entonces, declara que todos los romanos tienen que heredar sus bienes al Imperio para que, “en función de nuestras necesidades, vayamos ejecutando a cada uno de ellos en un orden arbitrario… piensen que no es más inmoral robar a los ciudadanos que grabar con estos impuestos indirectos…” Cesonia, una mujer que había sido su amante, acompaña al emperador el resto de su vida hasta que muere asfixiada por las manos de Calígula. Los dos habían improvisado en pleno ejercicio de su libertad, sin que les importara sus delirios. Quereas estaba mortificado por la situación, pues “lo que le resulta insoportable es ver cómo se desvanece el sentido de la vida y desaparece nuestra razón de existir”. Tenía razón, hoy en día sabemos lo difícil que es vivir sin razón alguna. Camus expone en esta obra su tesis del absurdo desde el punto de vista del poder absoluto. La obra va tomando vuelo para desplegar una trama plena de acciones e ideas desquiciantes que nos orillan a la orilla del precipicio del absurdo, como a veces creo que, toda proporción guardada, nos estamos orillando en estos tiempos.


Buen fin de semana Martín Casillas de Alba Sábado 26 de marzo, 2022.

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