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Unos más que otros, todos somos invencionistas


Digo que unos más que otros somos invencionistas como Lucas Lucatero o como el huésped del Palacio Nacional o el güero que quiere regresar a la Casa Blanca o el asesino del Kremlin o Peer Gynt, el personaje principal de la obra de Ibsen con la que Edvard Grieg se inspiró para componer dos suites en donde expresa algunos momentos de esa historia que compuso en 1875 y que ahora quiero compartirla con ustedes.


La primera vez que conocí la palabra “invencionista” fue en 1957 cuando Enrique Martínez Negrete y yo habíamos leído y comentado El llano en llamas de Rulfo, en especial el cuento “Anacleto Morones” en donde las mujeres de Amula visitan a Lucas Lucatero y lo acusan de ser “un invencionista, muy mentiroso y hasta levanta falsos”, como Peer Gynt, el hijo de Aase quien, en un momento dado, se pregunta “si no es incomprensible que mi hijo lo único que hace es inventar historias y tejer mentiras dondequiera que se encuentre”, provocando con esto, una asociación con aquel que raya en la mitomanía mañanera, llueva, truene o relampagueé.


Transformar una obra literaria en música fue lo que hizo Grieg, tal como lo había hecho Mendelssohn con el Sueño de una noche de verano y Rimski-Korsakov con Las mil y una noches, convertida en Sherezada y Berlioz que, enloquecido con las obras de Shakespeare, compuso: Romeo y Julieta, Beatrice et Benedict, La mort d’Ophelie y Le Roi Lear.


La versión musical de Peer Gynt de Grieg empieza con un Preludio a una boda en donde Peer rapta a la novia que no tarda en lamentarse cuando la abandona. En el siguiente movimiento, conoce a la hija del rey de la Montaña que le promete la gloria y se lo lleva al palacio del viejo Rey, para darse cuenta que estaba encantado.


Lo que sigue es la muerte de Aase en donde Grieg no consideró el texto original en donde Peer juega con ella y le dice que la va a llevar volando por los aires a un gran baile, tal como jugaban cuando era niño. Ella le cree todo lo que él le dice a pesar de estar muriéndose acostadita en la cuna que había sido de su hijo y que era lo único que había sobrevivido al fuego para amainar el frío invernal. Él insiste en llevarla a un gran baile y, diciendo eso, le da un fuetazo a su caballo:


¡Arre Grane! La multitud se agolpa delante del palacio y se dirigen como hormigas al portón… ¡Ya llega Peer Gynt con su madre! ¿Qué dices San Pedro? ¿Qué no dejas entrar a mi madre? Pues, por mucho que busques no encontrarás otra mujer más linda…


Peer le exige a San Pedro que la deje entrar y, de pasada, que le invite un trago. Me extraña que Grieg no haya interpretado esta fantasía que tanto me impactó cuando vi en el 2006 a Peer Gynt con Rodrigo Vázquez como Peer y Laura Almela como Aase, cuando justo en esa escena, me produjo una catarsis como la que describo en Catarsis para colmar las grietas del alma (BonArt, 2019).


Grieg sigue con el amanecer, cuando se renueva la vida misma. Peer abandona a Solveig, su novia, para irse a África en donde amasa una pequeña fortuna gracias a sus negocios en la trata de esclavos. Luego, se enamora de la bella Anitra, quien lo seduce bailando la famosa danza de esta obra, antes de abandonarlo y dejarlo en pelotas.


Cuando Peer intenta regresar a casa naufraga frente a la costa, pero se salva sacrificando al cocinero y su familia. Tras veinte años de vagar por el mundo se encuentra con el Fundidor, quien tendría que fundir su alma con otros metales a menos que demuestre que ha logrado ser “él mismo”.


Solveig, la novia de Peer, lo recibe en su cabaña y le canta apapachándolo para que así concluya esta obra musical, tal como la compuso Edvard Grieg, el noruego.

Que pasen unas buenas vacaciones,


Martín Casillas de Alba

Sábado 17 de diciembre, 2022.

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